Con leche y con pan

La gran mayoría de las personas que conozco, han expresado en palabras o hechos que están haciendo lo posible para dejar una huella en este mundo, una prueba de que estuvieron de paso en esta tierra. Uno lee los libros de historia y se encuentra con grandes proezas que hicieron hombres y mujeres desde la antigüedad hasta el día de hoy. Hazañas que han marcado la historia de la humanidad ya sea de manera positiva, o también y lamentablemente, de manera negativa.

Vemos hombres ilustres que lucharon por la libertad de un país y lo consiguieron, hombres que dedicaron toda su vida en buscar la cura para una enfermedad y lo lograron. Y es necesario mencionar que en esos libros de historia también vemos los nombres de hombres y mujeres que esclavizaron y torturaron a otros sin temor, y sin arrepentimiento o remordimiento alguno.

Quizá en nuestros sueños más profundos está el deseo de ser recordado por las siguientes generaciones como alguien que descubrió algo que revolucionó y marcó la historia de la humanidad, para bien. Algunos más osados quisieran un Nobel para exhibir en la sala de estar. Y es probable que, aunque lo anhelemos, no tengamos ese llamado ni los talentos para hacerlo y, por ende, no lo logremos. Espero que no creas que soy pesimista o que intento hacerte desistir de tus sueños más grandes.

Pero ¿es malo desear ser recordado por las siguientes generaciones? Pienso que, si nuestra motivación es para ser recordados por lo que hicimos, lo que logramos, inventamos, escribimos, sembramos o descubrimos, muy sutilmente estamos alimentando nuestro ego. ¿Queremos que nos recuerden por nuestras proezas o por algo que hicimos en pro de la humanidad? Desearlo no es malo en sí mismo.

¿Y si empezamos en casa? Nuestros sueños parecen muy grandes cuando miramos hacia arriba de la escalera y nos comparamos con otros que van subiendo, pero basta que bajemos nuestro rostro y veamos alrededor a corta distancia. Ahí, justo ahí en ese lugar donde estamos sembradas, en ese hogar donde pareciera que los logros no son suficientes porque nadie más los ve, ese lugar de trabajo donde impactamos a otros mostrándoles que la vida con Cristo es diferente, llena de paz y esperanza, con un futuro eterno.

Se me ocurre que, si queremos impactar generaciones, podríamos comenzar en nuestro hogar. Con nuestros esposos, nuestros hijos y nietos. ¿Qué mejor lugar para comenzar a crear un legado? ¿Qué mejor lugar para sembrar esperanza y confianza en Dios? Ahí, en ese lugar donde nadie más nos ve pero que tiene un valor eterno.

Si queremos impactar a las siguientes generaciones, comencemos en nuestro hogar.

Cada cosa que hacemos tiene peso en la eternidad. Cada palabra que decimos realmente la estamos sembrando, ¿qué cosecha queremos ver en los nuestros? Cada acción que tenemos, cada actitud, cada detalle, así como cada gesto que tenemos para con los nuestros principalmente, estamos creando memorias en ellos, dejando un legado inmaterial que seguramente pasará de generación a generación.

Tenemos la oportunidad de ser recordados por muchos años y qué mejor ser recordados por lo que hacemos por otros de manera natural; es decir, porque es parte de nosotros, porque vivimos lo que hemos aprendido de Cristo en Su Palabra. Por ejemplo, un varón de la Biblia que me reta y me hace reflexionar en cuanto a este tema, es Filemón. Mira lo que dice de él la carta que el Apóstol Pablo le escribió:

Doy gracias a mi Dios siempre, haciendo mención de ti en mis oraciones, porque oigo de tu amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús y hacia todos los santosy ruego que la comunión de tu fe llegue a ser eficaz por el conocimiento de todo lo bueno que hay en vosotros mediante Cristo. Pues he llegado a tener mucho gozo y consuelo en tu amor, porque los corazones de los santos han sido confortados por ti, hermano.

Filemón 1:4-6

El amor de Filemón por los que se congregaban en su casa, así como el confortar sus corazones, era tan notorio que su nombre está registrado en la más grande historia de la humanidad, la Palabra de Dios. El amor que tenía por Cristo, la obra de la salvación y el Espíritu Santo en él, lo llevaban a dar lo que él había recibido. ¿Te imaginas cuántas vidas impactó? ¿Cuántos de esos hermanos habrán imitado su fe y habrán comentado de lo que hacía por los de la iglesia en su casa? Dos mil años después hoy tú y yo seguimos hablando de lo que él hizo por causa de Cristo.

Y mira, quizá nosotros no pretendemos ser recordadas durante dos mil años o más, pero sí anhelamos que nuestros hijos conozcan, crean y sirvan al Dios que nos ha transformado, rescatado y comprado con su sangre para darnos la vida eterna junto a Él. Y la manera más bella que podemos hacerlo es viviendo la nueva vida que tenemos en Él, y de esa manera también estaremos creando memorias en nuestros hijos.

La salvación que hemos recibido, la regeneración que hemos recibido también y el Espíritu Santo morando en nosotras, nos lleva a hacer buenas obras, a dar de gracia lo que de gracia hemos recibido, a amar como hemos sido amadas y a perdonar como hemos sido perdonadas. Que claro, no lo haremos de forma perfecta, pero cada día buscaremos ser mejor y caminamos esperando ser más como Cristo.

¿Cómo podríamos crear memorias en nuestros hijos? por ejemplo, mi mami no tenía muchas demostraciones físicas de afecto para conmigo, pero tengo muchas memorias buenas con ella. La mayor parte de ellas tiene que ver con comida porque le encantaba cocinar, cabe mencionar que era una cocinera fantástica y la manera en la que mostraba amor era cocinando para ti.

Cuando pasaba de año me hacía mi comida favorita que es el pozole o arroz con verduras y mole rojo. Los cumpleaños no había pastel, pero siempre había barbacoa de borrego; en mi edad adulta si me encontraba triste, me hacía chalupas, una comida típica de Puebla. Cuando enfermábamos o cuando teníamos malestar por nuestro periodo menstrual, siempre tenía una taza de té humeante cerca de tu cama.

Son memorias, un legado inmaterial que ella dejó en mí y estoy segura de que en mis hermanas y hermanos también. Dudo mucho que lo haya hecho con el fin de querer ser recordada. Más bien, ella creó ese recuerdo, esas memorias y sembró en mí el gusto por hacer lo mismo con mis hijos y mi esposo, y con gratitud y alegría puedo ver que ha dado fruto en mis hijos pues, aun a su corta edad lo hacen también.

Hace un par de semanas estuve en cama por una contractura en la cadera, mi esposo e hijos me dejaron dormir hasta tarde, y cuando desperté, tenía al lado de mi cama un plato con leche y con pan que Matías, mi hijo menor, subió para mí. En parte porque ellos ven como su papá es de atento conmigo y en parte porque es lo que hacemos con ellos también es porque se comportan de esa manera.

Pero nada de eso se compara al legado que Cristo nos ha dejado, su amor por nosotros, su obediencia al Padre, la salvación de nuestra alma. Él se dio por nosotros y ese es el mensaje más importante que debemos pasar de generación a generación. Quiera Dios que nuestros hijos y nietos nos recuerden por transmitirles el amor de Cristo y por vivir una vida íntegra, piadosa, servicial, amorosa y temerosa de Dios y que ellos a su vez lo vivan y sigan pasando a las siguientes generaciones, esa es mi oración.

Porque tengo presente la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también.

2 Tim. 1:5

En Su Gracia

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