Jefe de la tribu

Es verdad que quienes se llevan el aplauso en las escuelas, somos nosotras, las mamás de los niños. Pero, quizá nos hemos olvidado un poco de esos varones que están al lado nuestro, y que sin ellos no tendríamos la oportunidad de tener en nuestros brazos, en nuestro regazo y en nuestro hogar, a esos pequeños que nos llaman mamá.

Se vale dejar de vernos a nosotras mismas como el único héroe a quien nuestros pequeños corren en busca de protección. Basta con detenernos un poco y mirar nuestro entorno y constatar que esos padres (buenos o no, solo Dios sabe), están haciendo de sus hijos una generación que tenga una infancia memorable.

Quizá nuestra infancia haya sido diferente, quizá los padres de aquél entonces eran un poco más serios, más dedicados a ser el sostén familiar, padres que solo llegaban a dormir y rara vez jugaban con nosotras; quizá era más la disciplina que las demostraciones de afecto, pero aun así hicieron su labor de manera aplaudible, memorable y honrosa. Hoy veo a los padres siendo un tanto diferentes, o será que ahora duermo con un varón que es el padre de mis tres hijos y desde el balcón de la paternidad se visualiza tan distinto a cuando solo era hija, tía, hermana y amiga.

Me declaro fan de los padres de familia.

Amo y veo con cierta nostalgia a los padres de ahora, esos hombres que siguen siendo el pilar del hogar, quienes siguen trayendo el pan diario a casa, quienes salen a trabajar para suplir necesidades de la familia que han formado y que muchas veces, de hecho, la gran mayoría de las veces se olvidan de sí mismos. Hombres que sacan el tiempo no solo para ser el “jefe de la tribu” y dar indicaciones, sino que son parte de las actividades y de la vida en familia.

Nuestro amoroso y sabio Dios le ha dado un lugar de honor y virtud al varón, como lo ha hecho con nosotras también. Somos afortunadas de ser parte de ellos, de ser complemento y caminar juntos, de estar uno al lado del otro cuando en este peregrinaje los valles se vuelven secos y juntos buscamos agua, cuando encontramos desiertos nocturnos donde el temor nos invade y ellos van delante nuestro para protegernos y dar la vida por guardar la de sus críos. Somos afortunadas de pertenecer y florecer al lado de ellos, de caminar por el mismo sendero, subir colinas y mirar las estrellas juntos, visualizar cómo la mañana y la luz del día, poco a poco comienza a mostrar el camino por el que debemos continuar.

Gran responsabilidad la de ellos, gran carga que se ha puesto sobre sus hombros y, aun así, sonríen al porvenir. Con incertidumbre quizá, pero con una valentía mayor sabiendo quienes vienen detrás de él, sabiendo que no se pueden detener, sabiendo quien va delante de ellos como poderoso gigante. Hombres, esposos, padres de familia, los veo en todo lugar dando lo mejor de sí para levantar una generación de hombres y mujeres que sean una mejor versión para el futuro cercano. Gracias a aquellos que han enarbolado la bandera que defiende la familia.

Es un deleite ver a esos padres que siguen jugando con sus hijos a los super héroes, quienes aun caminan por las calles de la mano de sus hijas e hijos, quienes junto a las mamás comparten el día a día con sus hijos. Celebro y admiro a esos padres que por las noches aun cuentan cuentos a sus hijos, quienes los arropan antes de dormir en una noche fría, celebro a esos padres que no se pierden la infancia de sus hijos, que cambian pañales, que juegan a disfrazarse, que patean balones y mecen los columpios de sus críos.

Celebro a esos varones que junto a sus esposas acuden al médico cuando sus hijos enferman, que están pendientes de las escuelas de los niños, a esos padres que siempre tienen tiempo para escuchar las historias de sus pequeños, que limpian lágrimas, que dan consejos al adolescente rebelde; aplaudo a quienes no solo disciplinan, sino que también dirigen y enseñan el camino por el cual deben seguir, que van marcando las huellas para que los que le siguen no se pierdan.

Celebro a esos padres que con el ejemplo muestran a los varoncitos cómo deben tratar a las mujeres, a los adultos, a los animales; quienes les enseñan que la vida de los demás es tan valiosa que se debe respetar por el simple hecho que somos creación del mismo Dios.

Celebro a esos padres que aún dan besos en la frente, quienes abrazan a sus hijos, a los que buscan debajo de la cama y dentro del closet a esos fantasmas que se esconden al encender la luz. Celebro a esos padres que miran a los ojos y quienes están siempre listos y dispuestos para defender a sus hijos así sea de un insecto nocturno que hace ruido en el comedor. Celebro y aplaudo a esos padres que están haciendo de la infancia de sus hijos algo hermoso para recordar y platicar en las navidades familiares.

Padres que crean memorias, que llenan y nutren corazones; padres que muestran el corazón del Padre y guían a sus hijos a Él.

No nos enfoquemos solamente en sus fallas como papás, en que si la toalla húmeda la guardó en el cajón, que si la ropa sucia no la colocó en la ropa sucia, que si olvidó la leche otra vez… no nos enfrasquemos en que si los calcetines negros no van con los tenis blancos y que si los jeans se ven mejor con la camisa por fuera. No nos detengamos en que si les da a nuestros hijos demasiado chocolate por la tarde, que ensucian demasiado el piso de la casa al construir una fortaleza de cartón, o que si se han llenado demasiado de tierra al jugar fútbol en el jardín.

Al final de cuentas, la infancia de nuestros hijos es corta, nuestros días en esta tierra no sabemos cuántos se nos darán para disfrutar, ¿por qué centrarnos en lo que no tiene peso en la eternidad? Algún día, si el Señor lo permite, peinaremos canas, tendremos las manos vacías como cuando recién nos casamos, las risas de nuestros hijos cada mañana de domingo ya no estarán más en nuestro hogar, las luchitas entre hermanos, los gritos de gol, el cereal derramado en la mesa, los cuentos antes de dormir, las carreras en patines, las historias camino a la escuela, las lágrimas al perder un amigo, el nervio que sentían al iniciar un ciclo escolar serán solo parte de nuestra memoria, de nuestra historia familiar.

A veces pasamos la vida olvidando la eternidad, olvidando que siempre hay más y que todo cuanto hacemos en esta vida breve, momentánea, efímera, tiene peso en la eternidad. Bienaventurados aquellos que tienen hijos, pero más bienaventurados son aquellos que le pertenecen al Padre Eterno. 

Oremos y demos gracias a Dios por los padres de familia que han reconocido su necesidad de Dios, que saben que no son suficientes para criar hijos, sino que necesitan a Dios para cumplir y llevar a cabo ese llamado que Dios les ha hecho. Que Dios les fortalezca en Él, en el poder de Su fuerza y los capacite para cumplir sus propósitos eternos.

Honremos, amemos y demos gracias a Dios por los padres de familia que nos recuerdan que tenemos un Padre Celestial que desde la eternidad nos planeó, nos predestinó y eligió para un día encontrarnos y hacernos parte de su familia, quien nos cuida, guarda, sustenta, nos ama, nos espera, escucha, habla, quien nos mira a los ojos y nos espera de regreso a casa, para cenar y habitar por la eternidad, juntos.

Así también nosotros, mientras éramos niños, estábamos sujetos a servidumbre bajo las cosas elementales del mundo. Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos. Y porque sois hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: ¡Abba! ¡Padre! Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios.

Gálatas 4:3-7

En Su Gracia

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