Guerra entre mamás

Hace unos días llevé a mis hijos al colegio, todo parecía normal. La misma rutina de cada día, las conversaciones mientras caminamos, las oraciones que hacemos juntos e incluso algunas veces cantamos y otras debo ser el árbitro y poner paz cuando uno de los tres comienza a molestar a alguno de sus hermanos. Ese día era normal, no parecía haber algo diferente.

Le di un beso de despedida a mi hijo adolescente para que entrara a la secundaria y un beso de despedida a mi pequeño hijo de primaria. Acostumbro a quedarme sentada en una jardinera frente a la escuela hasta unos cinco minutos después de que cierran las puertas para asegurarme que mi hijo se queda dentro de las instalaciones y no sale corriendo a buscarme.

Ese día caminaba lentamente con mi bebé de preescolar, mientras nos dirigíamos hacia la tienda de abarrotes que está en la esquina contraria a la secundaria donde mi hijo estudia. De pronto, unos gritos de enojo se escucharon dentro de la tienda, seguido de ellos, otros gritos igual de sonoros, pero acompañados de rabietas y un llanto ahogado.

Se trataba del mejor amigo de mi hijo mayor, estaba sentado en la acera de enfrente con su mochila entre las piernas, encorvado y susurraba algo que no podía entender, corrí hacia él porque pensé que estaba herido o algo así; le pregunté si estaba bien, si necesitaba ayuda (era muy tarde para que estuviera aun sin entrar a clases), me contestó: “¡no, no estoy bien! Mi mochila se rompió, ¿cómo podré entrar a clases así?”, suspiré porque no era algo grave, al menos no para mí. Pero para él si lo era.

Se comenzaron a escuchar unos gritos que provenían del otro lado del Boulevard, eran de su mamá quien se unió a nosotros en un dos por tres en la banqueta. Su hijo le explicó lo que había sucedido con su mochila y ella se veía realmente furiosa, le dije que tenía en casa una mochila prácticamente nueva y que podía regalársela para que no tuviera que ir con la que estaba rota.

Pensé que había sido buena idea, pero, al parecer fue ofensivo. No por el regalo en sí, sino porque yo estaba mostrando empatía con el niño que ella había estado regañando desde el otro lado de la calle. Regañó a su adolescente frente a mí, lo levantó de un jalón y se lo llevó a clases aun cuando él no quería asistir por pena con sus compañeros. Los vi alejarse apresuradamente hacia los salones mientras mi pequeño hijo y yo, nos mirábamos uno al otro sin entender bien a bien lo que había sucedido.

Caminé lentamente hasta mi hogar, tenía un conflicto interno, me había sentido mal por el niño y su mochila rota; hasta cierto punto entendía la pena y el temor al rechazo que el niño tenía por causa de su mochila rota, pero también me sentía enojada con la actitud de su mamá. Pensaba que había sido injusta y muy dura al gritarle frente a mí y por obligarlo a entrar a clases aun cuando el niño le explicaba que se burlarían de él.

Había comenzado en mi mente una guerra contra esa mamá.

Conforme pasaban las horas, recreaba vez tras vez la escena y me enojaba más con la mamá. Llegó un momento en el que me sentía tan enojada que le hablé a mi esposo para contarle lo que había pasado y decirle cómo me sentía, él me escuchó y me preguntó algo que en realidad me paralizó, él dijo:

¿Cómo habrías actuado con nuestro hijo si se encontrara en esa situación? ¿Acaso le habrías gritado como ella le gritó? ¿Habrías mostrado misericordia o un ataque de ira habría surgido?

¡Gulp! tragué saliva, y conociendo mi realidad de pecadora redimida, que aún batallo con ciertas conductas que día a día presento ante Dios, estoy segura de que habría reaccionado de la misma forma, o quizá peor. ¿Me da pena reconocerlo? Por supuesto. Reconocer nuestros pecados y malas actitudes ante otros no es sencillo, no nos hace populares y no nos deja en buen lugar con quien nos escucha. Menos si somos creyentes. No se supone que reaccionemos así.

Esa mochila de la discordia me mostró lo sencillo que es ser presa de nuestras inconsistencias como creyentes, y tengo en mente un pasaje bíblico que cita:

Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros.

Romanos 2:21-24

Y pasa tan a menudo entre mamás. Es común ver una sutil guerra entre nosotras, ¿por qué? Es como si quisiéramos mostrar a otras mujeres que somos mejores mamás porque no hacemos lo que ellas hacen, aunque es muy probable que en secreto sí lo hagamos. Todas esas guerrillas o conflictos entre mamás deben terminar.

Esa mochila me dio una lección tremenda, pude ver cuánto orgullo escondido había en mi corazón, la falta de misericordia hacia otros, y por supuesto, nada de humildad. Muchos pensamientos pasaron por mi mente después que los vi alejarse caminando rápidamente, mientras sentía enojo, por dentro pensaba: “qué pésima actitud”, “pobre niño”, “qué bueno que no soy así”, “qué bueno que mis hijos no son así”. Pensamientos que están muy fuera del Evangelio, pensamientos que no muestran la Gracia de Dios por ningún lado. Pensamientos y actitudes que… sí, son como los que nos muestra nuestro Señor Jesucristo en la Parábola del fariseo y el publicano.

Gracias a Dios porque hay esperanza

Gracias a Dios por la vida de mi esposo y por su amor que me confronta cuando es necesario. Gracias a Dios porque todos los días nos prueba, decreta situaciones en las que nos muestra dónde es que debemos poner más atención, qué es lo que debemos rendir a Él. Nos muestra si hay ídolos, si nos estamos desviando, si hemos dejado de verlo a Él por centrarnos en nosotras mismas.

Gracias a Dios por todo lo que acontece en nuestro diario vivir porque ello nos va santificando y moldeando más a la imagen de Cristo. Gracias a Dios porque a través de Su Palabra nos muestra la maldad en nuestro corazón, y nos da la oportunidad de arrepentimiento para acudir al trono de la Gracia y decidir vivir de acuerdo con lo que Él nos ha enseñado.

Gracias a Dios por su Evangelio. Gracias a Dios por Su Gracia.

Acabemos con esas guerras de mamás, con esa competencia por ver quién es la mejor mamá según los estándares del mundo, la que les lee más cuentos a sus hijos antes de dormir, dejemos de competir por quien es la que juega más, la que regaña menos, la que abraza más, la que no regaña, la que consiente, la que es una super mamá.

Mejor, siendo mujeres, madres creyentes que han sido renovadas, justificadas, no perfectas, pero sí honestas, hablar el Evangelio. Mejor dicho, ¡vivamos el Evangelio! y de esa forma estaremos compartiendo con otros lo que Dios ha hecho en nosotras, en nuestros hijos. Hablemos, vivamos y compartamos la Gracia que de Dios hemos recibido.

Dejemos saber a esas mamás que no somos perfectas, pero que la Gracia de Dios nos es suficiente en todas nuestras debilidades, en nuestros errores y aun en los aspectos que pudieran hacernos retroceder y tirar la toalla como mamás, es Dios quien nos fortalece.

Reconocer nuestros pecados y malas actitudes ante otros no es sencillo, no nos hace populares y no nos deja en buen lugar con quien nos escucha. Menos si somos creyentes. No se supone que reaccionemos así.

Ellas necesitan saber que es gracias a Dios que podemos tener una maternidad hermosa. Es tiempo de ver las unas por las otras, de estar en comunión con Dios y de ayudarnos en oración. Siempre habrá alguien a quien podamos enseñar y siempre habrá alguien con más experiencia que nosotras y de quienes podemos recibir instrucción, consejo y dirección.

Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada.

Tito 2:3-5

Ánimo mujer, no estamos solas y más mujeres en nuestro círculo de influencia necesitan conocer al Dios que nos adoptó como hijas.

En Su Gracia

1 Comment

  1. No lo había visto Devesa manera, cuando yo más joven y mis hijos pequeños, sentía coraje que otras mamás presumieran a sus hijos y es verdad sacas a relucir lo mejor de tus hijos y en ocasiones hice lo de la otra mamá sin importar lo que ellos dijeran. Pero con el tiempo y la ayuda de Dios que me dice yo no veo diferencia a todos los amo. Y en estos momentos pienso porque bien y gracias por publicarlo pues tengo una hija que es mamá joven que se debe guiar para que sea una mamá con forme a la ley de Dios y una nietecita que hay que cuidar

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