Perderás familia y amigos


“Prepárate para un mal nombre; prepárate para ser llamado intolerante; prepárate para perder amistades; prepárate para todo siempre y cuando puedas estar firme a Su lado, quien te compró con Su Preciosa Sangre”.

C.H. Spurgeon

Imagina que un buen día estás descansando pacíficamente en tu hogar, tomando un rico café, leyendo un buen libro mientras esperas con paciencia que llegue tu esposo para ver juntos el atardecer. Un día normal, un día común y corriente, un día más que pasa sin algo extraordinario; pero, de pronto se abren las puertas con un golpe ajeno, alguien sube corriendo las escaleras gritando y haciendo ruidos que atormentan tu alma, tú estás petrificada tras la puerta de la habitación esperando con terror que la derriben sin saber quiénes son, qué desean o por qué están en tu hogar.

Alguien te toma por la fuerza y te lleva en contra de tu voluntad a un lugar desconocido, un lugar que es completamente diferente al que estás acostumbrada a vivir, diferente cultura, diferente idioma, diferente a todo lo que tus padres te inculcaron, diferente a lo que vives día a día, diferente al mundo al que perteneces. Estarás sola en medio de una multitud que es totalmente diferente a ti. ¿Cómo actuarías? ¿Qué harías?

Una historia similar ocurrió unos 600 años A.C. con un jovencito judío llamado Daniel. Una historia en la que podemos obtener enseñanza útil para el día de hoy. ¿Qué sucedió con él?

Daniel fue llevado cautivo a Babilonia (Dn. 1:3) Un mundo al que no pertenecía.

Se llevaron jóvenes guapos, capacitados, inteligentes y con cualidades para estar en el palacio. (Dn. 1:4). Se fijaban en la apariencia y lo que podían conseguir de ellos.

Se les iba a enseñar la lengua y escritura de los caldeos (Dn. 1:4). Los adoctrinarían a su nuevo hogar.

Se les alimentaría con la comida del rey (Dn. 1:5) Con alimentos que no eran permitidos por Dios.

Se les cambió el nombre, por un nombre babilónico. (Dn. 1:7) Buscaban darles una nueva identidad.

Si leemos con detenimiento el capítulo 1 del libro de Daniel y lo comparamos con este tiempo, con nuestra vida diaria, veremos que es muy similar. Vivimos en un mundo al que no pertenecemos (Jn. 15:19), estamos de paso en esta tierra, y cada día nos encontraremos con diversas estrategias que el enemigo de nuestra alma utilizará para tratar de adoctrinarnos al sistema que gobierna este mundo.

Vivimos en un mundo en el que, tarde o temprano buscará hacernos parte de él en todo, en su forma de vida, en sus creencias, en sus ideologías y nosotras necesitamos estar firmes, ancladas a la roca que es Cristo y no dejarnos llevar por la corriente de este mundo.

Artimañas del enemigo

El enemigo de nuestra alma buscará que cada día olvidemos la identidad que Cristo nos ha dado y que tratemos de obtenerla de cualquier cosa, nos hará creer que nuestro estado civil nos da identidad, o la maternidad, el matrimonio, un título universitario o lo que hacemos; él querrá hacernos creer que somos parte de este mundo.

Nos hará creer que la educación y doctrinas que influencian al mundo son mejores que el evangelio. Recibiremos su educación para seguir en los caminos del mundo y si lo permitimos, de manera muy sutil seremos acostumbradas a alimentarnos con lo que el mundo ofrece tanto física como espiritualmente dañando así nuestro cuerpo, el templo del Espíritu. Eso lo vivimos ahora nosotras siendo adultos, pero también nuestros hijos, nietos y sobrinos que aún son pequeños.

Necesitamos determinación

Daniel, tenía entre 12 y 13 años cuando fue llevado cautivo a Babilonia, él nos muestra que tenía determinación y una fe inquebrantable aun a su corta edad.

Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse.

Dan. 1:8

Vivimos en un mundo que está en tinieblas, nosotras debemos ser luminares en él (Fil. 2:12-16) y para ello necesitamos la determinación para hacerlo.

¿Cómo podemos lograrlo?

Determinemos no contaminarnos con el mundo, no podemos aislarnos en una burbuja ni salir de él, pero sí podemos decidir no ser partícipes de lo que en él se practica (Jn. 17:15).

No nos adaptemos a este mundo (Rom. 12:2).

No busquemos agradar al mundo, sino a Dios (Gal. 1:10).

No hagamos en secreto lo que ellos hacen (Efe. 5:1-10).

No justificar los actos, porque todos los demás lo hacen (1 Pe. 1:16).

No nos olvidemos de quien es nuestro Dios (Deut. 8:11).

Determinemos no contaminarnos, no ser parte del sistema cultural de nuestros días, no simpatizar con el mundo en ningún sentido. No pertenecemos a este mundo, no nos acostumbremos a él y anhelemos la tierra celestial (Fil. 3:20).

Nos podrán cambiar el nombre, pero no podrán quitarnos la identidad que Cristo nos ha dado.

Querrán adoctrinarnos con las filosofías y creencias de este siglo, pero tú y yo debemos estar firmes en la Palabra de Nuestro Dios (2 Tim. 4:3). Estemos totalmente seguras de en quién hemos creído, quién nos ha rescatado, a quién le pertenecemos y estemos seguras también de que nada ni nadie podrá arrebatarnos de su mano (Jn. 10:27-28) ¡Le pertenecemos! ¡Él pagó con su muerte el rescate de nuestra alma!

Enséñame, oh Señor, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin. Dame entendimiento para que guarde tu ley y la cumpla de todo corazón.

Salmo 119:33-34

Cuidemos nuestra alimentación, el mundo nos ofrece una cantidad excesiva de alimentos y bebidas que en nada nos beneficia, por el contrario, enferma nuestro cuerpo. El templo en el que habita su dulce Espíritu es el cuerpo en el que viviremos hasta el día que Dios nos llame a Su presencia. Eso sí debemos cuidar. Enfermedades, mala condición física nos lleva a estar mal emocionalmente y, por ende, nuestra vida espiritual también se verá afectada.

No alimentemos nuestra alma con lo que nos ofrece el mundo. Lo que vemos, oímos, leemos es de suma importancia porque ¿con qué estamos llenando nuestra mente, nuestro corazón? ¿Qué es lo que está alimentando nuestro ser?

Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto.

Romanos 12:2

Es una decisión sabia el determinarnos ser diferentes al resto del mundo, a vivir diferente en una sociedad que cada vez está más dañada, más corrompida, más dolida y esperando su redención. Corramos a los pies de Cristo, al trono de la gracia para pedir ayuda en este mundo que cada vez parece que nos absorbe más y más. ¡Le necesitamos a Él! (Jn. 15:5). No olvidemos que Nuestro Señor nos ha dado la capacidad de dominio propio para actuar y salir triunfantes día a día con Su ayuda (2 Tim. 1:7).

Seamos intencionales al decidir no contaminarnos con todo lo que el mundo nos ofrece y busquemos honrar y glorificar el nombre de Dios en todo lo que hagamos (1 Cor. 10:31). Estemos conscientes de que es muy probable que perdamos familia y amigos al determinar vivir de manera diferente, una vida rendida al señorío de Cristo, una vida que le agrade y glorifique a Él.  

Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos.

2 Tim. 3:12

Pero, aun así, hablemos de los peligros y engaños que encontraremos día a día, hablemos con nuestros esposos, nuestros hijos, padres, hermanos, vecinos, amigos de nuestros hijos… ellos deben saber que necesitan a Cristo, que no podemos salvarnos a nosotros mismos y que tampoco podemos hacerle frente al mundo, al pecado, a las tentaciones y peligros solos, le necesitamos a Él para vivir en esta tierra y en la Eternidad a Su lado. Oremos por ellos, sin cesar (Hch. 3:19)

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Juan 11:25-26

¿De qué manera habla Dios hoy a tu vida? ¿En qué otras cosas no debemos participar del mundo?

En Su Gracia