Palabras desde el corazón

¿Por qué te jactas del mal, oh poderoso?
La misericordia de Dios es continua.
Tu lengua maquina destrucción
como afilada navaja, oh artífice de engaño.
Amas el mal más que el bien,
la mentira más que decir lo que es justo.
Amas toda palabra destructora,
oh lengua de engaño.

Sal. 52:1-4

Quizá hemos conocido a personas que pareciera que todo el tiempo están tramando cómo dañar a otros con sus palabras. Es como si no hubiera otra cosa más importante para ellos que hacer daño y así poder hacer alarde de lo mal que hicieron sentir a otros.

El salmista nos deja ver el corazón de una persona que ama su lengua, sus palabras le hacen sentir poderoso, grande, indestructible. Cada palabra dicha revela el estado del corazón (Mt. 12:34). Y es fácil detectar a esas personas, a aquellas que sus palabras son como golpes, como navajas afiladas (v.2), pero ¿qué tan conscientes estamos de las palabras que nosotras decimos? ¿Nuestras palabras son como navajas o como un bálsamo al herido?

Es probable que no nos jactemos del mal que hacemos con nuestra lengua, que no nos enorgullezcamos de ellas a gran voz y que hagamos alarde de lo mal que hicimos sentir a aquel que alguna vez nos dañó. Pero, tal vez, dentro de nosotras sí nos hayamos sentido muy bien al soltar toda esa carga contra alguien y para nuestros adentros pensamos “qué bien me siento, que bueno que le dije lo que traía atorado en la garganta, se lo merecía”.

Ahora, detengámonos un momento y escuchemos las palabras que les decimos a nuestros esposos, a nuestros hijos e incluso a nosotras mismas. ¿Son nuestras palabras llenas de gracia? Colosenses 4:6 nos instruye “Que vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada como con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada persona”. ¿Hablamos con los nuestros de la misma forma que le hablamos a alguien quien recién conocemos? Es verdad, este salmo (Sal. 52:6-7) habla de aquellos en quienes no mora el Espíritu Santo, y es por gracia que en ti y en mí si more y ayude en nuestro caminar con Cristo (Sal. 52:8-9).

Pero yo soy como olivo verde en la casa de Dios;
en la misericordia de Dios confío eternamente y para siempre.
Te alabaré para siempre por lo que has hecho,
y esperaré en tu nombre, porque es bueno delante de tus santos.

Sal. 52:8-9

El apóstol Santiago nos dice que la lengua es un mundo de maldad, que ningún hombre puede domarla, hablamos bendición a Dios y también maldecimos su creación (Paráfrasis Stg 3:6-10), y, entonces ¿esto quiere decir que ya no hay solución? En ninguna manera dice eso pues siempre hay esperanza, en Cristo la hay.

Es por Su sacrificio que nosotras hoy entendemos que lo que hablamos revela lo que hay en nuestro corazón, y que Cristo cuando nos rescató también nos va transformando cada día más a Su imagen, nos está haciendo más parecidas a Él, cada día vivimos ese proceso de santificación y nuestro hablar debe reflejar que hemos sido salvadas, apartadas.

Un corazón transformado produce una nueva forma de hablar, mostrará a quien le pertenecemos.

Ahora tenemos la oportunidad de ir al trono de la gracia y pedir ayuda para controlar nuestra lengua, porque el creador del cielo y de la tierra fue quien nos hizo a nosotras y nos dio la bendición de comunicarnos, de expresar lo que pensamos, y qué mejor que cada día expresemos y demos a conocer que hemos sido regeneradas y que vamos siendo moldeadas a Su imagen y que hemos dejado de amar nuestra lengua porque hemos entendido que “En las muchas palabras, la transgresión es inevitable,
mas el que refrena sus labios es prudente” (Pr. 10:19).

Que el Señor nos ayude a cada día elegir hablar lo que le dé honra y gloria a Él. Cada palabra que digamos muestre la belleza del evangelio y un corazón que ha sido salvado y transformado por Dios.


Foto de Debby Hudson en Unsplash