Discordia entre hermanos

Hace unos cinco años escribí esto. Lo comparto contigo orando que sea de bendición y edificación a tu vida. ¡Gracias por estar aquí!

“Seis cosas hay que odia el Señor, y siete son abominación para Él: ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente,un corazón que maquina planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal,un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos”.

(Prov. 6:16-19)

Leo esta porción de la Biblia y me hace estremecer. ¿Cuántas veces he tenido ojos altivos? ¿Cuántas mentí? Y recuerdo la gracia y misericordia de Dios y respiro hondo, sin embargo, la última “cosa que abomina su alma” me produce cierta inquietud y es de la que quiero escribir hoy.

“El que siembra discordia entre hermanos…”  

Podemos imaginar a una persona mal encarada tratando de separar a la familia o alguien que continuamente está hablando mal de todos con todos. Se me ocurre que podría ser alguien que abiertamente declara que está en contra de cada integrante de la familia y lucha incansablemente por poner en contra a unos contra otros.

Y la verdad es que esa discordia puede ser así de trágica o puede ser tan sutil y pacífica que nadie podría notarla a simple vista, porque hay quienes luchan por separar familias desde el secreto y poner en contra a los integrantes de la familia para su propio beneficio.

Pasa comúnmente en las familias por no ponerse de acuerdo en algo, por buscar su propio bien, por envidias, ira, murmuraciones intereses propios, en fin, por diversas razones que tal vez sean comunes en algunas familias; pero ¿qué pasa cuando la división o la discordia entre hermanos es por otra causa?

En una familia de más de dos hijos es común ver la preferencia por algún hijo en específico, es común desde el principio de la historia pues me hace recordar a Esaú y Jacob los hijos de Isaac quienes cada uno de ellos era el consentido de alguno de sus padres (Gén. 25:28) y eso los llevó a competir hasta quedarse con la mejor herencia que podía obtener como lo leemos en Gén. 27:27-29 que dice:

“Y él se acercó y lo besó; y al notar el olor de sus vestidos, lo bendijo, diciendo: He aquí, el olor de mi hijo es como el aroma de un campo que el Señor ha bendecido.  Dios te dé, pues, del rocío del cielo, y de la grosura de la tierra, y abundancia de grano y de mosto.  Sírvante pueblos, y póstrense ante ti naciones; sé señor de tus hermanos, e inclínense ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te maldigan, y benditos los que te bendigan”.

La historia de Isaac, Jacob y Esaú es fascinante, te invito a que la leas y escudriñes los tesoros que nos deja en cada versículo Bíblico. Esa bendición le correspondía a Esaú y la obtuvo Jacob por un plan que formuló su madre, y por supuesto que era un propósito divino, sin embargo, pareciera ser que Rebeca en su amor total por Jacob ideó la manera de que obtuviera algo que no le correspondía sin pensar en Dios, sino en ella misma y su hijo favorito.

¿Cuántas veces hemos hecho distinción entre nuestros hijos? Debo ser muy honesta contigo y contarte que de mis 3 hijos llegué a hacer distinción entre ellos, es algo que me costó mucho aceptarlo porque no quería ver que estaba fallando en esa área en específico, creía que si aceptaba que estaba haciendo distinción entre ellos había fracasado como madre y que mi amor era menor por mi primogénito.

Así que decidí auto examinarme y con ayuda de mi esposo ver en que estaba fallando más. Y si, mi preferencia por mi segundo hijo era notoria a kilómetros, el carácter dócil y afable de Santiago contrarresta la hiperactividad de Daniel y por esa razón hacía preferencia por él.

Analicé un poco más y pude ver que en el momento del nacimiento de ambos Daniel tuvo una calificación casi perfecta, pero no estuvo conmigo, se lo dieron a mi suegra inmediatamente y durmió con ella toda esa noche, sentí como si ese vínculo de madre e hijo se hubiera roto lo cual fue muy doloroso para mí.

Cosa distinta con Santiago que nació 3 semanas antes de la fecha prevista porque se estaba asfixiando con el cordón umbilical y al nacer morado fue impactante para mí, sentía que lo perdía y desde el nacimiento hasta 3 días después que salimos del hospital no se despegó de mí ni un sólo momento, salvo para bañarlo.

Inconscientemente hacía distinción entre ellos, mi esposo equilibraba la situación, sin embargo, ahora más grandes y con más uso de razón de ambos, me he dado cuenta que no sólo hacía distinción entre ellos, sino que sin querer estaba sembrando discordia entre ellos.

Ha sido muy duro el caer en cuenta de ello y sobre todo por el daño que podría causarle a ambos, veo a futuro en la adultez de ambos y me duele el pensar que podrían estar distanciados por alguna mala educación de mi parte, por una palabra mal dicha a alguno de ellos, por la distinción tan marcada que pudieran ver en mí.

Me aterra pensar que podrían dejar de hablarse y frecuentarse y hasta no querer saber uno del otro, me da pena con Dios por no haberlo visto antes y evitarlo a toda costa, aunque he de decir que, al ser confrontada en esa área, ahora invierto tiempo en crear vínculos entre ellos, que se amen y vean lo maravilloso que es contar con un hermano.

Y creo que es necesario que nosotras amemos de manera sacrificial a nuestros hermanos para que nuestros hijos tengan el mejor ejemplo para amar a sus hermanos también. Amemos y seamos de bendición a nuestros hermanos sembrando amor, puede haber diferencias, pero eso no implica que debamos de abandonarnos y olvidarnos unos de otros.

Dios en su infinita sabiduría nos ha colocado en la familia que a Sus ojos es la que necesitamos en esta tierra, para crecer, madurar, para buscarle a Él. Demos gracias a Dios por cada uno de nuestros hermanos, los que son de carácter dulce y los que no, porque ambos nos ayudan a nuestra santificación y para mostrar el amor y la gracia que hemos recibido de Dios. Es posible que nosotras seamos la hermana dulce o difícil para alguno de nuestros hermanos ¿no es cierto?

Y, por último, no olvidemos que nosotras hemos sido adoptadas por nuestro Padre Eterno mostrándonos el amor que tiene por cada uno de Sus hijos al enviar a Cristo en rescate por nuestra alma y hacernos hermanos suyo. Cristo nos une como hermanos, nos instruye a amarnos unos a otros, a soportarnos unos a otros, orar unos por otros… Él, Cristo, es el mejor ejemplo que tenemos de amor sacrificial y de buscar el bien de los demás, a estar en paz los unos con los otros, a amarnos como Él nos amó. A Él imitemos.

“Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión, haced completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás”.

(Fil. 2:1-4)

Foto de Andrew Seaman en Unsplash