Lágrimas, destellos de Gracia

No puedo ver “Forrest Gump”, “Corazón de caballero” y “Comer, rezar y amar” sin llorar. No puedo, simplemente no puedo. Por más que intento ahogar las lágrimas y ser fuerte, brotan de mis ojos sin poder detenerlas.

Lágrimas gordas, de esas que delatan que nos está doliendo por dentro. Lágrimas que nos hacen pasar saliva vez tras vez en cuestión de segundos y que mueven nuestra mandíbula y encogen el diafragma.

Es un buen pretexto para acurrucarte en los brazos de tu amado para llorar en silencio, en secreto, aunque es obvio que ellos se dan cuenta y quizá para no interrumpir nuestras lágrimas, solamente nos abrazan y pegan a ellos con ternura. Pero ese dolor pasa, termina la película y termina el dolor.

Hay lágrimas escondidas que no salen a la luz, no aún. Hay lágrimas que no se han dignado a salir de su lugar de origen por temor, porque son tantas las que están acumuladas que, al salir, inundarán nuestro rostro, saldrán por borbotones y será imposible contenerlas todas.

Pero si lo vemos bien, tenemos un manantial dentro, un manantial que se ha ido acumulando y está en espera de salir para transmitir vida. Las lágrimas nos hacen recordar que, aunque algo nos duele, aunque algo se haya roto, aun hay vida y un propósito por qué luchar y seguir en pie.

Las lágrimas un susurro tangible, destellos de gracia para recordar la bondad del Señor.

Karla de Fernández

No temamos en cerrar los ojos para que la fuente sea abierta y esas lágrimas broten una tras otra durante el tiempo que sea necesario. Suele pasar que hemos contenido esas lágrimas durante mucho tiempo que el tiempo que necesitan para salir es igual de largo. Son un manantial, un destello de gracia.

Pero ¡ah, qué bendición! ¡qué reconfortante es el abrir esa compuerta para que fluya el dolor! Lágrimas que van acompañadas de lamentos que ahogamos en el pasado, lamentos que son una sinfonía en medio del manantial, una sinfonía que nos recuerda que, aunque el dolor sea insoportable, siempre es temporal… toda sinfonía tiene un principio y un fin y aunque pareciera que no vemos el final del dolor, llegará, en esta vida o en la eternidad, pero llegará y Dios secará todas nuestras lágrimas (Is. 25:8).

¿Por qué ahogas tu llanto y dolor? ¿No crees que es demasiado tiempo el que has estado sufriendo en silencio y probablemente a solas? “Llorar con los que lloran” (Rom. 12:5), nos dijeron. A veces tratamos de aliviar el dolor de otros haciendo cosas que quizá no aminora su dolor, pero, cuando nos sentamos con ellos, cuando entendemos su dolor y lo compartimos, cuando abrazamos y lloramos juntos, es un alivio.

¿Cómo lo sé? Porque lo he vivido y estoy segura que tú también. Esa carga, ese dolor y lamento son liberadores cuando alguien más nos extiende su mano, nos brinda su hombro y nos escucha llorar y sollozar.

Y somos tan privilegiadas de tener a alguien con quien contar en todo tiempo y en todo lugar, alguien que no solamente nos escucha y abraza, nos entiende y nos da total libertad, quien nos hace el llamado de acudir a Él diciendo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).

Las lágrimas, así como el dolor no durarán para siempre, pero mientras estemos en él, recordemos que son etapas, momentos de gracia para recordar la bondad del Señor, momentos de dependencia a Él, momentos que podrán durar toda una noche, pero el día traerá nuevas misericordias y un nuevo motivo para celebrar que somos hijas del Creador.

“Porque su ira es sólo por un momento, pero su favor es por toda una vida; el llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría”

Sal. 30:5

Foto de Sharon McCutcheon en Unsplash