Los nenucos de mamá

Creo que nací con el “chip feminista” de pensar que todo es más sencillo y menos caótico si te mantienes soltera y sin hijos, pero debo decir y con letras negritas que gracias a Dios porque cambió en mí esa forma de pensar solo en mí y me llevó a fijar mis ojos en Él, y te platicaré por qué.

En mi infancia tuve unas muñecas llamadas “nenucos” que, a decir verdad, mi madre era quien las amaba y era fanática; ella las disfrutaba y puedo recordar cómo cuando abría la caja y sacaba al infante de plástico sus ojos brillaban y su sonrisa era nada fingida.

Me gustaban, por supuesto, eran hermosas. Tuve varias de ellas, así como casi tres decenas de “barbie’s” que eran iguales, lo único que las diferenciaba era la ropa con que las vestían. Pero todas eran las mismas muñecas que emulaban mujeres erguidas, cintura super hiper estrecha, piernas largas, caderas pequeñas, una melena espectacular que cubría una cabeza totalmente vacía.

Así que, sí jugaba con ellas, pero no a la mamá o a la casita, siempre eran amigas que salían juntas a pasear en un caballo que en realidad era un unicornio de peluche, o salían a tomar café montadas en una alcancía cúbica que servía de auto antes de que alguien me regalara un Ferrari y un Jeep que hacia juego con todas esas muñecas.

La verdad es que prefería salir a jugar al lodo, era feliz tirándome sobre el pasto del corral para caballos frente a la casa, disfrutaba tanto ver las nubes viajar y cambiar de forma mientras el viento entonaba su mejor melodía acompañado del revolotear de cientos, quizá miles de aves que volaban haciendo figuras en el firmamento y obscurecían el cielo frente a mis ojos. Esa era mi pasión diaria.

Mientras crecía comencé a jugar a ser banquera, me encantaba ver a las señoritas ejecutivas en tacones altos con traje sastre color azul pizarra y una pañoleta atada al cuello caminar de aquí para allá haciendo ruidito con sus tacones de aguja. ¡Ah, yo quiero ser así! Pensaba cada que las veía, así que me armaba una sucursal bancaria en mi casa, usaba la vieja silla de madera de mi padre como escritorio y usaba una calculadora eléctrica del año 1964 que pesaba como 5 kilos e imaginaba que era una ejecutiva muy ocupada.

¿Y el sueño de ser mamá? Ni idea de dónde estaba. Creo que tuve el deseo de ser mamá (o Dios lo puso en mí) cuando pasé los 25 años, no antes. Algo que agradezco porque ha sido hermoso el ser mamá, ahora lo disfruto mucho, pero hace unos años en mi ignorancia e inexperiencia le sufrí, sinceramente. Solo que eso te lo platicaré en otra ocasión.

Y, bueno… la maternidad llegó en el momento justo, incluso cuando ni siquiera estaba preparada, pero, ¿y quién lo está? Llegó anunciando que la vida había sido sumamente sencilla para mí y necesitaba algo de acción y una alta dosis de ayuda divina y gracia para dar y no desfallecer en el intento.

Estas #ConfesionesDeMamá que te comparto son porque todas hemos batallado, y aun tenemos luchas y quiero animarte a no desmayar sino a ver con gracia que son etapas por las que Dios nos permite pasar para atesorar más Su Palabra y depender de Él, porque es Él quien nos enseña a ser padres ya que es el mejor ejemplo que podemos seguir.

Cada etapa de mi vida, mi matrimonio y maternidad me ha ayudado a buscar, anhelar y atesorar más a mi Dios, #ConfesionesDeMamá para mí es un espacio de reflexión, de meditación donde comparto mis luchas, fracasos, alegrías, satisfacciones, risas, lágrimas y canciones. Sí, es un espacio catártico que comencé en mi cuaderno y que sé que mis hijos algún día leerán la gran aventura que fue para mí el ser su mamá ( y espero que sean de bendición y edificación para ti también).

Orando, rogando a Dios Su fuerza en mí, Su ayuda y largos años para vivir, amar y estar con estos tres pequeños que ha puesto en mi vida, bajo mi cuidado para encaminarlos a Él, para amarlos y cuidarlos hasta el día que me llame de regreso a casa.

Amo a mi Señor. Amo al esposo maravillosos que me dio. Amo a mis tres varones que con sabiduría eligió para mí. Gracias a Dios por el regalo de la maternidad, no la cambio por nada, por ningún reconocimiento ni remuneración del mundo. Esta familia Dios la eligió para que camináramos juntos en esta tierra y aquí estoy para dar de mí lo que le glorifique a Él, porque para eso hemos sido llamadas.

Siendo esposas, madres, hijas, ciudadanas, banqueras, ejecutivas, presidentas… todo eso que hacemos, Dios lo ha dispuesto para nuestro bien y finalmente para la gloria de Su Nombre. No para darnos identidad, pero sí para servirle.

Llamado celestial.

“Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa,

háganlo todo para la gloria de Dios”.

(1Cor. 10:31)

Foto de Kelly Sikkema en Unsplash