Familia Inquebrantable

Es muy común leer o escuchar decir la siguiente frase, “Los amigos son la familia que uno elige”, y es una realidad que con el paso del tiempo de estar en comunión unos con otros, de conocernos y compartir momentos con ellos, los amigos se vuelven familia.

Pero, creo que la familia no es la que uno elige de entre nuestros amigos, porque por cualquier mal entendido o problema sin resolver, esa familia que habíamos elegido puede dejar de serlo. Nosotros no elegimos a la familia, es, desde mi punto de vista, un tanto egoísta porque podemos darnos el lujo de rechazar a quienes no nos gustaría tener cerca.

Familia es la que Dios ha elegido para sí, esa familia en la que nos ha dado la oportunidad de ser parte, una familia que nos une de manera irrompible, Cristo; quien con Su sangre pagó por nuestro rescate, quien nos dio la oportunidad de ser hijas y de estar cercanas al Padre.

Una enorme y gran familia que Dios eligió desde antes de que existiéramos y que de a poco nos va uniendo en esta tierra. No sé por qué permite que nos conozcamos con algunos y con otros no, es como una probadita de lo que encontraremos en la eternidad.

Un regalo por adelantado al conocer a hijos que Él ha amado. ¡¿No es genial?! ¿No es hermoso que en nuestro peregrinar en esta tierra nos encontremos con otros peregrinos que van rumbo a la misma ciudad?

Peregrinos que también caminan con la mirada fija en la eternidad, hermanos que cargan su cruz cada día, que mueren a sí mismos y que dejan de lado su propio bienestar para seguir al maestro y cumplir el llamado que de Él han recibido.

Peregrinos, hermanos que han fijado su mirada en Cristo y que tienden su mano al viajero, que se olvidan de sí mismos para mostrar el amor de aquél que nos ha salvado. Porque al final han entendido que en esto es que otros sabrán que son sus discípulos, amando fraternal y sinceramente a todos aquellos por los cuales el maestro murió (Jn. 13:35).

¡Qué felicidad saber que somos miembros de la misma familia! De un mismo cuerpo que está siendo perfeccionado por y para Dios. Somos Su familia, sus hijos, su posesión, “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Ef. 2:10).

Somos familia… ¡somos muchísimos! y encontrarnos de vez en cuando con otros hermanos, eso es un verdadero deleite; por ello es que nos alegramos de pertenecer a una iglesia local donde nos reunimos con familia celestial que va hacia la eternidad también.

Sin embargo, he podido experimentar que es un privilegio y algo especial cuando nos encontramos personalmente con familia que solo conocemos a través de llamadas telefónicas, las redes sociales, sus blogs o sus libros.

Hay algo especial cuando conocemos y abrazamos a aquellos que amamos a la distancia. ¡Qué bendición es la tecnología cuando se usa para ese fin! El de conectarnos con más familia y hablar a otros las buenas nuevas de Cristo.

Eso me sucedió hace un par de semanas en el #CongresoEquipa2019 con LifeWay México fue un regalo, Gracia sobre Gracia el estar ahí con hermanos a quienes creo que ahora puedo llamar amigos.

Fue un regalo el poder conocer, conversar, reír, abrazar, amar, comer juntos, orar y dedicarnos tiempo. Hermanos quienes me dieron grandes enseñanzas porque he de decir que iba más en calidad de aprendiz que de otra cosa. Llevaba los ojos bien abiertos, los oídos y el corazón también. ¡Oh, quisiera poder pasar más tiempo con ellos!

Me sentía como una pequeña niña en un mundo de adultos y quería saber todo, preguntar, conocer, pero sobre todo escuchar de ellos, aunque sea un poco, de la sabiduría que de Dios han recibido. Así que pasé todo el tiempo posible al lado de algunos de ellos y fue una bendición.

En más de una ocasión me detuve en silencio para agradecer a Dios por la oportunidad de estar ahí, sin merecerlo, y continuamente recordaba es Su gracia, ¡es por Él! son sus planes, su propósito, no tu habilidad, es Él quien ha preparado todo esto, quien lo ha planeado desde la eternidad pasada solo para Su gloria.

Así que me senté con ellos, pude ver su amor al prójimo, a la iglesia que Cristo compró, su vida rendida al Señor. Escuché, pregunté y me mostré tal cual soy, porque en una familia no podemos ser apáticos, ni lejanos. Dios nos une por un propósito, con un fin y nosotros nos dejamos conocer.

Aprendí que el lazo que nos une por medio de Cristo es tan fuerte que llegamos a amarnos unos a otros por el simple hecho de ser familia en Cristo. Eso nos da la capacidad de alegrarnos juntos, llorar juntos, dolernos juntos y celebrar juntos a pesar de la distancia física.

Hoy doy gracias a Dios por esta familia con lazos inquebrantables, con algo en común, la necesidad de nuestro Salvador para el perdón de nuestros pecados a los pies de la cruz y la invaluable Gracia que hemos recibido al ser hijos del mismo Dios. Una familia tan grande con quien hemos de estar juntos en la eternidad.

Gracias a Dios por Su familia, la familia que Él ha elegido y donde tú, yo y todos los que creemos en Cristo y hemos depositado nuestra fe en Él, pertenecemos. Solo un Dios tan grande como nuestro Dios nos regala una familia a quien podemos amar incluso sin conocerla.

Una familia verdadera, con amor verdadero, eterno, irrompible e inmerecido…

¡A Dios sea la Gloria!

“No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu descendencia, y del occidente te reuniré. Diré al norte: «Entrégalos;» y al sur: «No los retengas». Trae a mis hijos desde lejos y a mis hijas desde los confines de la tierra, a todo el que es llamado por mi nombre y a quien he creado para mi gloria, a quien he formado y a quien he hecho” (Is 43:5-7).