La vida sigue su curso

En los últimos días he leído algunos artículos y publicaciones en instagram y Facebook de personas haciendo un recuento de los últimos diez años, quizá porque recién inicia el 2020 y sea para tener una bitácora para no olvidar.

Y mientras leía y veía sus fotos, trataba de recordar lo que han sido para mí estos últimos diez años, qué es lo que ha sucedido ya no en el mundo, sino conmigo, porque te soy sincera, comparándome con esos posts me quedo muy corta y muy atrás de los logros que mencionan en ellos.

Pero, más que logros que pudieran llenarme la cabeza y el corazón de orgullo malsano y elevar el ego hasta el cielo, quiero recordar la bondad de Dios, su gracia y misericordia para conmigo, no porque yo quiera brillar y sobresalir, sino como un collage de gratitud por recibir más de lo que imaginaba y no lo que en realidad merecía.

Quisiera escribir todo aquello por lo que estoy agradecida y en lo que creo que Dios me ha cambiado y hecho madurar, sin embargo, trataré de ser breve y escribir lo que tenga más presente en la memoria. Es una manera de contar las bendiciones que he recibido, todas ellas sin ningún orden especial.

En los últimos diez años

Fui mamá de mi segundo y tercer hijo.

Comencé a criar a un adolescente, ha sido una experiencia demandante en momentos, pero llena de satisfacción y de la gracia de Dios.

Experimenté en carne propia el dejar de amar y el volverme a enamorar de la misma persona, mi esposo, el «Sr. F» .

Dejé vicios arraigados desde mi juventud, el alcohol ya no forma parte de mi vida presente, y las gavetas siguen vacías de cajetillas de cigarros que me acompañaban desde el amanecer.

Supe lo que es amar tu cuerpo al recordar que en él es donde estarás hasta la muerte y la bendición de ser capaz de cargar en su vientre a tres varones y dar vida. Pero también supe lo que es odiarlo por el reflejo que veía en el espejo cada mañana y que no podía cambiar.

Amé y odié el alimento que nutría mi cuerpo.

Incursioné al ámbito banquero y en ese tiempo creí que ese trabajo era lo mejor que me había pasado en la vida laboral y mi identidad era definida por ello.

Experimenté la depresión como nunca antes ni después, ella me llevó a tener miedo profundo a la muerte, desarrollar un trastorno obsesivo por la limpieza, agorafobia y llantos incontrolables por días.

Me dí cuenta de que la depresión no siempre “te tumba” en la cama, en mí se manifestó con una carga excesiva de trabajo y mucho estrés.

Incursioné en Homeschool con mis dos hijos menores y descubrí que la paciencia es un don de Dios que puedes desarrollarlo mientras más tiempo pases con Él y aprendes a esperar en Él, deleitándote en su Palabra.

Rompí el corazón de mi esposo quien Cristo, por gracia, reparó y lo llenó de amor y perdón.

Como familia supimos lo que es vivir dependiendo únicamente de Dios para provisión y todo. Nos quedamos con nada, hubo días en los que no sabíamos si comeríamos, pero en su gracia y bondad, ni un solo día pasamos hambre, ni frío. 

Hoy creo que podemos decir como Pablo: No que hable porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación. Sé vivir en pobreza, y sé vivir en prosperidad; en todo y por todo he aprendido el secreto tanto de estar saciado como de tener hambre, de tener abundancia como de sufrir necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4:11-13).

Aprendimos que teniendo nada, teniendo a Dios es tenerlo todo. Aprendimos a sonreírle al futuro confiando en Dios y en su bondad para con sus hijos. 

Recibimos como regalo un carro seminuevo que pertenecía a mi papá, al igual que muebles para nuestro hogar. Solo por gracia, no porque lo merecieramos.

Nos mudamos de estado dejando a familia y amigos para comenzar a conocer y disfrutar un nuevo capítulo en la historia que Dios escribió para nosotros, una historia donde Él siempre ha estado presente.

Comprendimos el evangelio y nos entregamos a Cristo por primera vez siendo conscientes de nuestro pecado y necesidad de un salvador. Entendimos que ninguna de nuestras buenas obras y el esfuerzo por ser buenas personas nos otorgan el perdón de Dios y nos llevan a la gloria, sino que es Cristo quien por gracia nos acerca al Padre cuando nos arrepentimos y ponemos nuestra fe en Él… es Él quien nos ha dado libertad.

Descubrí que soy más orgullosa de lo que pensé, que mi corazón es una fábrica de ídolos y que mientras más tiempo paso lejos de la Palabra de Dios, más me atraen las tinieblas.

Aprendí que la Palabra de Dios es una lámpara que guía mis pasos, que aunque alrededor mío esté en tinieblas o lleno de maleza y espinos, esa luz me guía por donde debo pisar para no caer y desviarme del camino, rumbo al destino que Él ya escribió y me lleva a vivir.

El 1 de enero de 2018 comencé a escribir “Hogar Bajo Su Gracia” que fue publicado el 1 de julio con la Editorial que me abrió las puertas y confió en Dios para este proyecto, mi casa LifeWay y B&H Español. Sólo por gracia, porque a Dios le plació usarme así, escribiendo para Él.

Gracias a ello conocí personas maravillosas a quienes puedo llamar familia y amigos. Aunque también aprendí que no es bueno idealizar a nadie porque es fácil ser desilusionados. Pero la vida es así, en este lado de la gloria todos somos imperfectos, vivimos en un mundo roto y no siempre será todo color de rosa, pero tampoco siempre será gris.

Y por supuesto, experimenté la amargura a causa del rencor y también la dulzura y liberación que trae el perdón.

He sido testigo en primera fila de lo que Dios hace en el corazón de un hombre que se ha arrepentido y que busca con todas sus fuerzas vivir para la gloria de Dios, mi amado «Sr. F».

Perdí a mis padres en un periodo de 45 días, pero qué regocijo y gratitud el saber que sus últimos años vivieron con Cristo como su Señor y Dios. Algún día nos volveremos a ver nuevamente, pues esa es la esperanza que tenemos en Cristo, pues sabemos “que si morimos con Él, también viviremos con Él” (2Tim. 2:10-12).

Incursioné en la blogosfera cuando no tenía ni idea de lo que eso era, y seis años después, sigo en este pequeño rincón en la red, con nuevo nombre pero siempre buscando exaltar las verdades del evangelio en nuestro diario vivir. 

Fallé, me equivoqué, descubrí que tengo un par de fuentes en mis ojos que se desbordan cada que tienen oportunidad. Perdí amigos, llegaron otros que también son familia, bailé, canté, disfruté los amaneceres, las tardes grises, sufrí, odié, amé y me di cuenta de que no soy indispensable, que la vida conmigo y sin mí, sigue su rumbo.

Entendí también que no soy autosuficiente y que en mis insuficiencias y debilidades puedo y debo depender de Dios y Él será glorificado.

Dios es bueno

No ha sido fácil el camino, pero estamos seguros que es el camino correcto porque Dios va delante nuestro. Un camino rumbo a la ciudad celestial. Hemos pasado estaciones, ciudades, valles, bosques, hemos estado en desiertos y en manantiales también. 

No nos hemos detenido ni por un instante, como familia seguimos haciendo lo que Dios ha planeado, nos dejamos guiar y descansamos en sus planes ocupándonos de estar en medio de su voluntad y presencia, porque al final, sabemos que es a Él a quien pertenecemos y que es Cristo quien nos ha llamado a permanecer en Él, por ello es que perseveramos en hacer lo que nos ha mandado y en conocerlo a Él.

Miro atrás por un instante, traigo a mi memoria olores, sentimientos, sabores y sonidos que viví años atrás y veo con nostalgia y gratitud todo lo que Dios me ha permitido vivir para que nunca olvide que debo vivir para glorificar su nombre, para que nunca olvide la gracia que me ha extendido y el amor que me ha tenido.

Y podría seguir y seguir trayendo a memoria lo que Dios ha permitido que viva en esta década y durante las cuatro que he estado en esta tierra; y quizá lo haga con el paso de los días, pero hoy, hoy solo quiero detenerme a agradecer por todo lo que Dios planeó y orquestó para mí, para que llegase a conocerle a Él.

Agradecida de que me haya encontrado en el momento que más lo necesitaba como lo ha hecho hasta ahora día a día, dándome lo que no imaginaba, siendo más de lo que esperaba y no lo que merecía.

Me encontró y corrí hacia Él con lágrimas y regocijo, alzando mis brazos sabiendo que sus brazos esperaban por mí, que su amor era mayor al que jamás podré imaginar y que su gracia y misericordia eran mayores por siempre y para siempre.

Conocerlo me ha ayudado a amarlo más. Habitar en su Palabra me orienta hacia donde hay que ir, me infunde aliento, soporta mi alma y la vivifica, me da consuelo, exhortación y me ayuda a conocer más a Dios.

Ha sido esa ancla para mí, sin duda, me mantiene con los pies en la tierra y los ojos en el cielo. Y, aunque hay ocasiones en las que fallo en mi comunión con Dios, sus brazos siempre están abiertos a mí porque el amor a Dios, mi comunión y dependencia a Él no es por lo que yo haga o deje de hacer, sino por lo que Cristo ya hizo en la cruz. Puedo acercarme a Dios, mi Padre, con confianza porque Cristo abrió el camino a Él (Heb. 10:19-22).

Puedo confesar mis pecados delante de Él sabiendo que Cristo es mi abogado y que Dios es fiel y justo para perdonarme (1Jn. 1:9; 2:1). Y puedo confiar en que todo lo que acontece bajo el sol es temporal y nos ayuda a parecemos cada día más a Cristo (Rom. 8:28-29).

Camino sin temor al futuro, anhelando la ciudad celestial (Ap. 21:1) y esperando con paciencia porque aún en esta tierra lo tenemos a Él, por siempre… “y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20b).

“Porque tu misericordia es mejor que la vida, mis labios te alabarán. Así te bendeciré mientras viva, en tu nombre alzaré mis manos”

Sal. 63:3-4